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Se ha escrito mucho sobre la turistificación, advirtiendo del impacto local y medioambiental sin control, con muchas teorías sobre cómo casar crecimiento y sostenibilidad.

Van 3 años, cuando Naciones Unidas declaró 2017 Año Internacional del Turismo Sostenible. Ni caso. O sí. Para muchas empresas que tenían en su ADN como actividades #triplebalance, es decir considerando balancear a su vez impacto económico, impacto social e impacto ecológico, pensamos que esa Declaración iba a ayudar a visibilizar el turismo responsable, sostenible y accesible.

3 años han pasado, y no es un cambio de los consumidores de vacaciones, buscando menos masificación y más autenticidad e identidad, en definitiva experiencias satisfactorias, lo que cambió el foco, sino la entrada en acción del Covid-19.

Todos los debates, desde el primer webinar de la mañana hasta el último de la tarde-noche, hablan de que nos tenemos que reinventar. Pero, ¿cómo nos vamos a reinventar si así nos hemos inventado?, invirtiendo en el diseño de un turismo de proximidad y respetuoso de nuestro entorno (por extensión de nuestro planeta), y sensible a la demanda de nuestros clientes, para que todas las personas puedan acceder a actividades adaptadas y personalizadas según su necesidad y deseo.

En esos debates, se habla de los pesos pesados del sector turismo, que con capital, podrían desarrollar ese «nuevo» turismo de proximidad y «meterán baza» para disputar esos lugares privilegiados donde trabajamos y vivimos, compartiendo recursos con otros actores locales para que esas experiencias sean diversas, respetuosas, ricas y cariñosas.

Donde vivimos y donde tendremos que sobrevivir, porque congeladas nos quedamos todas. Se dice que dependiendo de cuánto dure la crisis, mucha empresa pequeña no aguantará y que quienes tengan aún capacidad de adquisición «se zamparán» al resto.

Por ese motivo, nos atemorizamos cuando se habla de un Plan de Rescate. Lo que necesitamos es, que en igualdad de condiciones, aplicando criterios -aunque sean los básicos de la Agenda 2030-, y con carácter retroactivo, es decir valorando las trayectorias -no vale por ejemplo que saquemos las banderas de los ODS cuando antes de la tragedia poco caso se les hacía-, para que se oiga lo que ofrecemos o que podamos acceder a los mecanismos de financiación e incentivos fiscales que nos corresponden, por pequeños que somos, y podamos desarrollar dignamente nuestras actividades.

No pedimos más de lo que nos corresponde. No pedimos un nuevo modelo. Sí pedimos que se respete el modelo que parece ser el que todos queremos.

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